Es obvio que los cambios constantes en el sistema educativo español no favorecen, más bien dificultan, el aprendizaje de los alumnos y también el trabajo de los profesores. Ahora que surge la figura del profesor recuerdo que para que un alumno interiorice algún tipo de conocimiento debe haber alguien que se lo transfiera, esa es -o debería ser- la figura del maestro. Sin embargo, el concepto clásico de profesor ha variado mucho con el paso de los años y ahora no se contempla como el ente transmisor de sabiduría que era antaño, sino que se tiene de él una imagen prejuiciosa. El profesor es el funcionario perfecto: tres meses de vacaciones, innumerables ventajas, horas libres entre clases, etcétera.

Muchos de los alumnos a los que la prensa cataloga de vagos e irresponsables quieren y desean aprender pero se encuentran –en ocasiones, no siempre- con profesores que se explican como un libro cerrado o que no logran motivarles para que adquieran más conocimiento del preestablecido, que rara vez se asume. Una parte del profesorado –no toda- se ha establecido en la comodidad del sistema funcionarial y se dedica a cumplir su horario laboral. El conformismo en alguien que debe explicar y fomentar el aprendizaje y la formación deberían estar prohibidos. El informe PISA juzga a los estudiantes y su nivel de conocimientos, pero ¿quién evalúa a los profesores que son parte directa del éxito o fracaso de sus discípulos? Basta una pregunta a los alumnos para saber qué profesor logra motivar y sacar lo mejor de sí de los estudiantes y cuáles no logran ese objetivo. Ser profesor es mucho más que saber, ser profesor consiste en saber explicar el saber.
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